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El ascenso de Evo de Ramon Rocha Monroy

Publicado por tarijalibre on Jul 27th, 2008 y clasificado en Movimientos Sociales. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a travs de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback a esta entrada

Mal que les pese a sus críticos, no hay ejemplo en el continente y en buena parte del mundo de ascenso público más espectacular que el de Evo Morales, desde su nacimiento en el ayllu Sullka al triunfo electoral de 2005 y a la Presidencia. Si su vida fuera inventada para una película, sería inverosímil.

Precisamente por ello, a nadie debería extrañarle que tenga enemigos enconados, pero probablemente los más corrosivos sean los comentaristas irónicos que se limitan a menear la cabeza y a sonreír, mientras sus miradas de perdonavidas no dejan lugar a dudas: ¿Qué querían, si no es profesional? ¿Esperaban algo de un indio? Ser gobernante no es lo mismo que ser sindicalista…

La mayor acusación que se le hace es la de haber dividido el país, cuando habría que reflexionar si no estuvo dividido todo el tiempo y mucho más con los desastrosos resultados de la aplicación de políticas neoliberales en Bolivia. No nos cansaremos de repetir que el neoliberalismo es un arca de Noé que limita la salvación a los funcionarios y trabajadores funcionales al modelo, pero no se digna dar solución a los problemas de las mayorías. Por eso sus resultados más visibles son la concentración del ingreso en pocas manos y la extensión de la extrema pobreza en el resto de la población. Este último extremo es como un lago de aguas negras que a los clasemedieros ya nos está llegando al cuello.

Como dice el corrido mexicano, Evo “no es monedita de oro pa’ carles bien a todos”. ¡Imposible caerles bien a las transnacionales que hoy pagan mayores impuestos a los hidrocarburos o a los latifundistas que evitan una solución estructural al problema de la tierra! Tanto más imposible ser del agrado de los viejos operadores políticos que agotaron las más increíbles coaliciones y maniobras en cuarto siglo de democracia pactada.

Un síntoma penoso de las derivaciones del odio lo sentimos a diario en las calles: antes la gente se insultaba con palabrotas familiares y hasta cordiales, como infeliz, desgraciado, chambón, cojudo e incluso hijo de tu señorita madre. Hoy se repite la palabra indio en todas sus desinencias. En la óptica de algunos citadinos, indio ya es cualquiera que muestre la vasta gama de la piel morena.

Detrás de las políticas del gobierno, que llevan el signo del viejo nacionalismo revolucionario de 1952, hay un escenario de aguda lucha de intereses de clase: para el movimiento indígena y campesino, la lucha pasa por la tenencia de la tierra, entendida ésta como suelo, aire, agua y subsuelo, lo cual implica automáticamente la defensa de los recursos naturales, entre ellos, el agua, el gas, los bosques, los minerales… La tenencia de la tierra es la madre de todas las batallas.

Pero detrás de las críticas de los citadinos, a ratos se esconde pura y simplemente el odio y el desprecio racial. De boca para afuera se acepta que seamos un país de k’aras y t’aras, pero íntimamente la unión de ambos segmentos raciales suena más difícil que juntar el aceite con el agua.

Quizá el enfrentamiento no hubiera tenido la virulencia de estos días si no se convocaba a la Constituyente, pero ese es tema de otro comentario.

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